Esencia

Evansencia

Salí de mi casa como siempre lo hacía desde hace años, exactamente a las ocho horas con quince minutos.   Dejé a los enanos en el colegio y me fui camino directo a la oficina ubicada en Presidente Riesco con Avenida Vitacura.   Esquivando tacos, semáforos, personas y calles casi indomables por el hombre.   Llegué al estacionamiento a las nueve horas con treinta en punto, como siempre.    Todo transcurría con total normalidad y la rutina confirmaba su firmeza sin luces de querer experimentar algún cambio sustantivo en mi vida.   Pero, al bajarme del auto tuve una sensación muy extraña, nueva pero no lejos de algo que era tan propio y tan mío.   Jamás me había ocurrido algo que podría definir catalogalmente como maravilloso.    Me detuve un solo segundo, sentí como si el aire ya no fuera el mismo, como si el respirar se hiciera más intenso, perceptible y alimentador para mi cuerpo; sentía en cada respiro que daba una agudización de todos mis sentidos, se hacia aflorar hasta la última vena que sostenía cada gota de mi sangre.   El botón número veinte y cuatro que toqué, al haberme subido al ascensor, hacía formar en mi mente la interconexión alámbrica y la energía que emanaba de todos sus circuitos.    Pero mientras subía, sentí ese extraño aroma, la fragancia que ahora jamás olvidaría, pues quedaría en mi alma para siempre.   No era un perfume, era un estado de cosas que vagaba inerte; no me recordaban a las flores que muchas veces arrastra la brisa que nos regala la primavera algunas días, no era hinojo ni frutal, era parte de mi vida pero que no lograba aún dilucidar con exactitud y tampoco ponerle un nombre siquiera.   Mi respirar se hacía cada vez más hondo, mis pensamientos se tornaban más agudos, claros y débiles a la vez, sentía cada fibra de mi cuerpo como si fuera un niño, atento y voraz a cada código y luz que nos entregan los minutos que pasaban y más sabio que nunca en cada paso que daba.   Al salir del ascensor para dirigirme a la oficina, los segundos se me hacían más largos, las extensiones de mi cuerpo se aferraban del aire y era como si se perdieran en una invisibilidad incierta, como si el tiempo se detuviese o se arrastrara con lentitud con un sentido más real y hasta verdadero de todo lo que sucedía, pero que aún no estaba preparado para entender en su total pureza.   

Mientras caminaba veía a la Verónica que se maquillaba, y al verme se levantó inmediatamente con una sonrisa para saludar y avisarme que Johann, nuestro importador suizo, ya tendría todo resuelto para recibir la mercadería la próxima semana varada en el puerto de Rotterdam.   Esa debería haber sido la gran noticia desde hace tres meses, pero mi fortuito letargo emancipaba mi respuesta en un solo acto involutario, una leve sonrisa de aprobación pero sin entendimiento sobre el peso que dicho acontecimiento merecía tener.   Solamente era una conectividad que lograba emitir a una realidad de la que me pareceía estar alejando paulatinamente.   Recuerdo ahora; al entrar a mi oficina y dejar mi maletín en el mesón de arrimo me senté con dirección hacia la ventana, podía ver la ciudad de Santiago en toda su magnitud, desde el Hotel Marriott hasta el cerro San Cristóbal, el Sheraton, las calles, la gente, los autos, almacenes; en fin, todo se hacía cada vez más diminuto y comprensible desde sus principios más virgenes.   Inhalaba, exhalaba, cerraba los ojos despacio y los abría, el aroma anisado se hacía cada vez más intenso y no lo quería perder, absorbía cada instante con la tranquilidad de un monje.   Descolgué el teléfono y apagué mi celular.   A la Vero le avisé sencillamente que no estaba.

Eran las once de la mañana y me había quedado ahí, sin hablar, profundo, lejano pero presente a la vez.    Recordé mis principios y mis presentes, pues no cabía futuro en mi cabeza entonces.   Solamente observaba esa gran ciudad desde el gran ventanal de mi oficina, perplejo, más sabio, más sencillo, más indomable, pero con una mudeza animal.  

Inspiraba cada instante, cada segundo y cada tiempo que pasaba esa fragancia, la más natural y menos conocida por el hombre, y que se hacía más cercana.   Recordé mi primer día de clases y mi último día de universidad.   Sentí nuevamente la sensación que tuve cuando vi por primera vez los ojos de la que ahora era mi mujer y madre de mis hijos.   Mis alegrías, mis frustraciones, mis penas cuando falleció mi hermano en el choque de auto, era mi partner, aroma a tierra húmeda que me hacia remembrar los viajes al sur con mi viejos cuando niños.   A mis amigos, a los tontos, a los inteletcuales y espitiruales que conocí, a los que respeté, odié o amé.   A quienes fueron mis amantes, mis despechadas y las que ni siquiera me miraban.   Lo mentido, lo creído, lo aprendido y lo olvidado no tenían ya relevancia alguna.  

Ese perfume se hacía más evidente ahora y ya lograba ver de qué se trataba, era un estado, una liberación a las normas y a la estructura de las cosas.   Ya había deambulado con mis pensamientos durante horas y todo se hacía más vivo que nunca, más ligero y libre en mí.  

Dejé de existir a las trece horas con cuarenta y tres minutos y veinte y cuatro segundos de un paro cardio respiratorio.   Y todo lo bueno o malo que fuí ya lo dejé atrás.  

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Comentarios

Un relato interesante desde el principio..para llegar a un final inesperado..esa fragancia o perfume nos persigue sin dar tregua..en el momento que sentimos su olor estamos muertos....un saludo.

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EXCELENTE, MUY BIEN NARRADA.ME DEJO MUY PENSATIBA.SALUDOS.BYE BYE.

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