
Nada, solo que me quedé pensando luego de haber leído su artículo, es fuerte, cierto y algo lastimero pensar sobre eso. Pero hace falta. Como diría Cristián Warnken, ¿será que busco “el asilo contra la opresión”, aludiendo a nuestro himno nacional de Chile, país donde ya no vale la palabra empeñada, donde la lógica pasión por el poder está por sobre el amor al bien común? Me voy de Chile, dice, donde la expresión “hacer las cosas bien” alguna vez significó algo, pero ahora es sólo una muletilla para sacar del camino a los que de verdad hacen las cosas bien. Me voy de Chile, agrega, donde su gente anónima, los hinchas, los militantes de base, los que sostienen con su lealtad y pasión las grandes empresas y los grandes actos y épicas, son sólo adorno, un dígito, algún focus groups o encuestas (cuando votan), pero que no valen nada cuando se toman las grandes decisiones.
Me voy de Chile, continúa, país que no soporta la grandeza, el talento, la genialidad, el vuelo propio, todo lo que se eleva sobre la línea media de la reverberación del pantano local; el Chile del resentimiento, el que mató arteramente a Portales, el que jodió a Andrés Bello, el que se farreó a Mayne-Nicholls y a Bielsa. Me voy del Chile, dice, de las cúpulas, las alianzas sagradas y abstractas, el lobby, las relaciones públicas, la imagen, la comunicología, las “cosas nostras”, el Chile donde campea el “parecer” sobre el “ser”. ¿Pero a dónde y cómo me voy de este país que amo, donde nací y quiero morir?
¡Qué hacemos los chilenos, los chilenos náufragos de derecha, centro o izquierda, creyentes o agnósticos, liberales o conservadores, los trabajadores o empresarios, los estatistas o libremercadistas; los hinchas de la Católica, la Chile o el Colo Colo, el Audax o Santiago Wanderers, que, transversalmente, por encima de diferencias ideológicas o creencias o camisetas sienten que el hacer las cosas bien significa también hacer el bien y de buena manera, sacrificando los intereses individuales o corporativos por un objetivo superior y más noble que cualquier defensa de mezquinos intereses y pequeñas parcelas?, se pregunta.
No hay adónde irse ni asilarse. Pero sí hay que irse del Chile maquiavélico y cada vez más cínico, hay que hacer que ese Chile muera adentro de cada uno de nosotros, para que así pueda nacer o renacer otro Chile mejor que éste que estamos viendo con estupor, decepción y tristeza. Un Chile noble, un Chile con modelos a seguir y no con máscaras, un Chile que sale a la cancha a ganar el único partido que no podemos darnos el lujo de perder por autogoles olímpicos: el partido en que se juegan juntos la calidad, la decencia y la nobleza.
Claro que Cristián piensa irse de ese Chile, pero también quedarse en Chile jugando desde la menospreciada galucha. Y me digo yo ahora, yo me habría quedado en ese Chile, quizás, pero difícil. No creo que sea un avestruz, hice todo lo que estuvo a mi alcance pero menos entrar en ese juego de los espaldarazos y prostitución de almas. Me aburrí de apostar en este país que, como lo veo, me da la pérdida y aplaude calladamente los fracasos de otros con sus chaquetas desgarradas. Mirar de lejos, ahora desde la orilla, ese mar llamado Chile en que me ahogaba por la falta de certeza, donde traté – como muchos aún tratan – infructuosamente quedarme y vivir hasta morir. Y es en estos momentos cuando siento una cierta mezcla entre lástima – alegría, porque me veo y me escribo; y resulta que estoy tranquilo, solo eso.
MiLadoB













Un apluso para ti. Decir con palabra diplomáticas todo lo que sientes es incomparable. Bravo !